BIOGRAFÍA

Toda biografía es un mapa personal en el espacio y  el tiempo que describe los caminos y atajos, las migraciones y encrucijadas de una vida, reflejando las decisiones, las alternativas, y también aquello que los helenos llamaban el Hado y los hebreos la Providencia.

 

La mía comienza con un “error”. Cuando mis tatarabuelos decidieron  emigrar de Ucrania a Palestina, a comienzos del siglo XX , a través de la Jewish Colonization Association del Barón Hirsch, los barcos partían alternativamente uno a Jaffa y otro a Buenos Aires. Mi bisabuelo Jaim Najenson, que entonces era un niño, se enfermó y no les permitieron salir. Algún tiempo después  se embarcaron en el primer vapor que llegó a puerto, pero en vez de dirigirse a la Tierra Santa, como ellos querían, arribaron a la Argentina, esa otra Tierra de la Promesa. Mis abuelos paternos,  Leopoldo y Rosa, fueron maestros en las colonias judías de la provincia litoral de Entre Ríos, Clara y Basabilbaso. Mis abuelos maternos, Luis y Fany Topolevsky, de origen lituano, se instalaron en la villa de San Rafael, en Mendoza, otra provincia argentina, lindante con la Cordillera de los Andes.

 

Mi padre, Nelay Najenson, acompañado por mi madre, Rosita Topolevsky, fue médico de pueblo, en una generación de galenos argentinos que hizo de su profesión una misión, trasladándose a los villorrios del interior del país donde más se los necesitaba. En Saturnino María Laspiur, pueblo de la Provincia de Córdoba, nací el 17 de mayo de 1938, y allá también transcurrió mi infancia y la de mis hermanos.   Ambientadas en esta aldea, he escrito dos novelas -una esotérica y otra para niños- y numerosos cuentos y poemas.

 

Mi adolescencia y juventud florecieron en Rosario, Pcia. de Santa Fé, a orillas del río más largo de la patria. Allí me gradué de antropólogo en la, entonces, Universidad Nacional del Litoral, y publiqué mi primer libro de poemas por una pena de desamor.  Esta ciudad inspira también otra de mis novelas, esta vez erótico-negra, con ribetes políticos.

 

La intervención de las Universidades por la dictadura militar de Onganía me halló en la ciudad de Córdoba, en cuyo Instituto de Antropología de la  Universidad Nacional daba mis primeros pasos como antropólogo cultural. Muchos de mis cuentos de índole brujeril y mágico se nutren de leyendas autóctonas recogidas por mí a lomo de mula, tierra adentro. Y mi libro de cuentos sobre la “Docta”, se empezó a forjar a  mediados de los 60’ del siglo pasado, aunque se haya publicado recientemente. Entonces tuve que enfrentar la primera disyuntiva  de mi vida errante, quedarse en el país o partir a Chile, con un grupo numeroso de académicos renunciantes como protesta por la intervención castrense. Me decidí por esto último, y el país vecino, donde permanecí seis años, nos acogió  generosamente. Allí dicté clases en varias universidades y cursé una Maestría en Ciencias Políticas en la  FLACSO, donde luego fui profesor.

 

Cuando decidí hacer el doctorado las alternativas fueron Estados Unidos o Inglaterra. Preferí a la bella Albión porque era en la Universidad de Cambridge,  un sitio apropiado para  el Doctorado en Filosofía. En el interín viajé a Rosario para ver a mi familia y allí el Destino me hizo enamorarme de una rosarina que es hoy mi esposa, Noemí Hervitz, y que desde entonces comparte mis andares.

 

En Cambridge recibí el Doctorado, nació nuestra hija mayor Ruth, y allí me  enriquecí con una nueva temática metafísico-teológica, que marcó otros de mis escritos literarios. 

 

Cierta tarde de febrero del 77, bajo una lluvia torrencial, en una de las tradicionales cabinas telefónicas coloradas, me informaron que debía elegir entre Ecuador y México, países donde se había incorporado la FLACSO, para retribuir, con mi trabajo, la beca doctoral. Dentro de la estrecha cabina, junto a mi mujer y mi hija de meses, en pocos minutos, tuvimos que escoger el rumbo en otra de las bifurcaciones del camino. Nos decidimos por México, donde permanecimos otros seis años de intensa vida académica.

 

En esa fascinante y populosa metrópolis nació nuestro hijo Daniel. Allí comencé a publicar cuentos en el suplemento cultural del diario El Gallo Ilustrado, y luego mis primeros libros de relatos en una editorial universitaria.Y como lo que uno ha leído, aprendido y enseñado se refleja en la literatura, en México publiqué mi primer libro de ficción política y religiosa y también recibí mi primer premio literario.

 

La última estación de esa Odisea, la Itaca del largo viaje, fue Jerusalén, adonde llegamos en julio de 1983. Vinimos a la Ciudad Santa por razones ideológicas y emotivas, corrigiendo así el involuntario pero también  afortunado “error” de mis tatarabuelos. En la tierra de nuestros antepasados tuve que enfrentar la más difícil de las decisiones literarias: ¿en qué lengua escribir? Opté por el castellano porque abandonar la lengua madre, el idioma en que se sueña y se ama, era, para mí, como una castración. Esta ardua elección  motivó una serie de ensayos en torno a “la escritura cautiva”, término que acuñé para la creación literaria en español, en Israel. Dicha decisión fue complementaria de otra, tan azarosa como aquélla, ¿academia o literatura? Escogí a esta última, sabiendo lo que perdía. Pero no me arrepiento, ni de ésta ni de ninguna de las decisiones tomadas a lo largo del itinerario, ya no errante. En Jerusalén estudié Cábala, y fui iniciado en la Orden Masónica en una Logia de habla castellana de Tel Aviv. Ambas fuentes esotéricas enriquecieron mi búsqueda interior de la verdad, que no termina nunca, y mi quehacer literario, añadiendo sus misterios.

Al cabo de más de tres décadas de intensa vida en la Ciudad Santa, entre la tierra y el cielo, nos trasladamos con mi esposa Noemí a las serenas playas de la ciudad de Ashdod, donde vivimos actualmente. Aquí el mar suele dar sorpresas, como traer sirenas redivivas que se convierten en medusas y medusas que se vuelven sirenas al atardecer; para gran alegría de la insaciable Musa.